miércoles, 18 de septiembre de 2019

Niñas jugando, paradigma de género activando. Parte 1


Niñas jugando, paradigma de género activando - Parte 1

Entrevista a Mara Lesbegueris


Rosa, rosa, no es maravillosa

“Jugar es esa potencia que te permite ordenar internamente, crear, armar mundos ficcionales y hasta subvertir órdenes. Cuanto más se reproduce menos se juega, cuanto más impuesto es desde afuera, menos posibilidades hay de crear”, dice Mara Lesbegueris, autora del libro ¡Niñas jugando! Ni tan quietas ni tan activas (Biblos), en una frase que hace eco de frente a las monocromáticas góndolas que ofrecen juguetes para niñas, la mayoría destinados a mantenerlas quietitas, limpiando, cocinando, maternando o hipersexualizando las figuras femeninas. La misma división dominante entre juegos o juguetes de niños y niñas impone desde afuera una manera binaria de ser y de estar, de relacionarse, que es necesario empezar a plantear como enigma, como tensión, de frente a ese día del calendario que todavía está planteado como “Día del Niño”, invisibilizando desde el vamos a las niñas.

Lola tiene cuatro años y llora y patalea cuando ve a su hermano Facundo con la lista de regalos para el Día del Niño. “¿Qué pasa? ¿Por qué te ponés así?”, le pregunta su mamá. “¡Porque es todo para él!”, contesta con lucidez y sensibilidad. Y enseguida pregunta: “¿Cuándo se va a festejar mi día?”. Algo sigue faltando. Una diferencia que no se nombra y por la cual Lola y todas las niñas quedan subsumidas en la figura de ese “niño universal”. Se sigue diciendo “Feliz Día del Niño”. Pero, ¿y las niñas?, ¿no están?, ¿o no festejan? Esta ausencia en el lenguaje, como si no fuera importante nombrarlas, denota una invisibilidad. 

¿Qué significa que no se hable de las niñas y sí de los niños? 

El lenguaje no sólo es importante en la construcción del pensamiento, también crea realidades, y en el terreno de lo social y lo simbólico, las niñas continúan fuertemente invisibilizadas en muchos aspectos. 

El dominio masculino se ve expandido en todos los ámbitos. Lola tiene razón y está bien que patalee y reclame. Porque ya es hora de decir “Feliz Día del Niño y de la Niña” (ídem en las escuelas con el “Buenos días, alumnos”, o los carteles que advierten “Niños jugando”). En el festejo aparecen los juguetes como protagonistas del domingo. Los juguetes también reproducen un patrón estereotipado. Los varones construyen y las nenas decoran podría ser una síntesis del mundo del juguete. Si entramos a una juguetería vemos que las posibilidades en cuanto a productos para las niñas están mucho más restringidas respecto de la oferta que hay para los niños. El mundo de las princesas con todos sus disfraces, las barbies y el despliegue de su monopolio (que siempre traduce una misma estética corporal), la cocinita, la plancha con la tabla de planchar, la escoba y la palita, las valijitas de peluquera, maquilladora y (¡por suerte!) doctora, son algunos ejemplos. Sin embargo, el disfraz de Mujer Maravilla no se encuentra. Para los varones, además de autos, aviones, trenes y naves (viajes para la conquista) hay juegos que habilitan lo científico, las investigaciones, las construcciones y los experimentos. Los disfraces son todos de superhéroes, ni un solo príncipe en contraposición a tanta princesa. En el terreno de los juegos y los juguetes se genera desigualdad y se reproduce que el lugar de la mujer está dedicado al ámbito doméstico y privado. Es decir, más de lo mismo. O tal vez, su origen. “Está naturalizado que el juego de las nenas es tranquilo, sedentario y pasivo. Quizá tenemos que empezar a poner enigmas en esos juegos porque, al tiempo que se enuncia eso, se crea y recrea esa realidad. 


Las nenas pueden ser tranquilas y pueden ser muy protagónicas y activas, pueden sostener tensiones también, porque los juegos son una manera de corporizarse. Para las nenas los juegos de más salida al mundo público tienen que ver con la maestra y la doctora, pero no está el juego de la ingeniera.” Quien hace esta observación es Mara Lesbegueris, autora del libro ¡Niñas jugando! Ni tan quietas ni tan activas (Biblos). Allí se detiene en el jugar de las niñas para poner sobre la mesa sus problemáticas, marcar las particularidades subjetivas de cada contexto y atender y visibilizar qué pasa en torno de los juegos. En charla con Las 12, la autora, quien además es psicomotrisista, docente y ex integrante del Equipo de Psicomotricidad del Servicio de Psicopatología Infantil del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, agrega: “Las mujeres que hoy en día pueden ocupar lugares ligados a espacios académicos, políticos y sociales han jugado diferente. No creo que hayan jugado nada más que a la casita y a las princesas. Son mujeres que también deben haber ensayado otras cosas en la vida. Por eso es necesario revisar lo discursivo inscripto corporalmente, porque lo que se ‘dice’ y lo que se ‘hace’ opera con tenacidad a través de su actuación, reiteración y naturalización, y encuentran en los juegos un lugar privilegiado de encarnación”. Los juegos no tienen género en sí mismo y, como define Lesbegueris, “jugar es esa potencia que te permite ordenar internamente, crear, armar mundos ficcionales y hasta subvertir órdenes. Cuanto más se reproduce menos se juega, cuanto más impuesto es desde afuera, menos posibilidades hay de crear”.

¿Qué estereotipos reproductivos conlleva la categoría “niñas”? ¿Por qué hay tantas princesas pero pocas heroínas? 

El mercado arma una fuerte segmentación en ese sentido. Así como a las nenas se les ofrecen los trajes de princesas, para los varones hay superhéroes, no príncipes. Batman, el Hombre Araña, Superman, Capitán América o Flash por un lado, y la Cenicienta, la Bella, la Sirenita, Blancanieves, Aurora y Rapunzel, por otro. Las princesas no tienen madres, son criadas por un papá, y siempre hay una mujer mala, donde se juega la rivalidad, como las hermanastras, la madrastra o la bruja. Tampoco tienen autonomía y siempre son rescatadas por otro. Al respecto, Lesbegueris aporta: “Los valores tradicionales –reproductivos– de una sociedad se mantienen estratégicamente a lo largo del tiempo como un bastión moralizante que asume la pasivización de los cuerpos de las niñas y de sus pasiones. Por eso es necesario corporizar princesas, hadas y barbies, y poco de superheroínas –que para generar temor tienen que hipersexualizarse–. Las princesas, en cambio, encarnan la fragilidad, la idea de inocencia y sumisión”. Muchos de los colores de estos disfraces son rosa, lila, amarillo, colores suaves ligados a lo cálido y desde donde también se construye identidad. “Los colores son marcadores de género”, continúa Lesbegueris. “La ropa es un indicador de la imagen corporal que se va construyendo desde temprana edad. Los colores rosa connotan ciertos deslizamientos de sentido ligados a un ser más suave, más cálido, que corporiza eso. Todo lo que es rosa enternece, se lo vincula con el mundo más tierno y más débil. En cambio, el celeste deriva del azul, que es un color más duro, más oscuro y también se deslizan todos los sentidos en torno de eso, por lo tanto el poder es más azul. Los uniformes de los policías son azules, por ejemplo. Y eso connota esta diferenciación de género que contiene esta fuerte dominación masculina sobre lo femenino.” En las revistas de los supermercados es posible observar en la sección dedicada a los juguetes, que para los varones está disponible toda la salida a la agresividad a través de las pistolas y las ametralladoras, en tanto que el sector rosa es el que está ligado a las nenas. Y si son patines o bicicletas, que también sean rosa o lila, como para suavizar un poco la salida de las niñas a los ámbitos públicos.

Es interesante la idea que desplegás en el libro en cuanto a que “jugar pone en diálogo la esfera de lo íntimo y de lo público”.
–Sí. En muchos juegos tradicionales vemos cómo lo íntimo para las niñas cobra una relevancia particular. Las rondas, los juegos de golpes de palmas, los saltos con soga, por ejemplo, son juegos rítmicos que alientan el contacto y la cercanía entre los cuerpos, la alternancia y la capacidad de espera, con la idea de construcción de un cuerpo abierto y plástico en el intercambio con el otro. En cambio, para los niños varones el afuera es su campo de conquista. Los juegos de confrontación y competencia son una muestra del trabajo de individuación, separación y distanciamiento que efectúan sus cuerpos. Todavía hay escuelas donde los varones hacen su clase de educación física en polideportivos y las niñas en el patio de la escuela. Esas cuestiones es muy difícil no pensarlas ligadas a un futuro generacional de apego y reproducción y/o de productividad ligada al mundo del trabajo.

Entrevista a Mara Lesbegueris-parte 1

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