miércoles, 18 de septiembre de 2019

Niñas jugando, paradigma de género activando. - Parte 2


Niñas jugando, paradigma de género activando. Parte 2

Entrevista a Mara Lesbegueris

 Rosa, rosa, no es maravillosa



“Jugar es esa potencia que te permite ordenar internamente, crear, armar mundos ficcionales y hasta subvertir órdenes. Cuanto más se reproduce menos se juega, cuanto más impuesto es desde afuera, menos posibilidades hay de crear”, dice Mara Lesbegueris,
El juego se construye según los contextos sociales, culturales, familiares y temporales, por eso no siempre se jugó igual. ¿Cómo juegan las niñas hoy?
–Las niñas –las que hoy pueden jugar– se debaten en sus elecciones lúdicas entre juegos tradicionales, juegos de pantalla y otras modalidades que con anterioridad eran “patrimonio de los varones”. Algunas niñas, por suerte cada vez más, comienzan a animarse a conquistar y hacer uso de otros espacios de juego. Ponen a prueba la tensión, la fuerza muscular y la velocidad. Sin embargo, estos cambios no destierran el mundo rosa de las barbies y de las princesas, en el que está subsumida la gran mayoría de las niñas, y que insiste con sus mensajes intentando permanecer sin cuestionamientos profundos.

Pantallas vs. imaginación

En relación con los juegos de pantalla (y la tecnología disponible a la que muchas veces se apela) es necesario indicar que esta tendencia deja por fuera la potencia del juego en tanto acción. Al respecto, Lesbegueris apunta: “La descorporizacion atenúa la corporeidad, resta la experiencia misma del cuerpo. Hay un detrimento del campo de la experiencia porque el juego pasa a estas pantallas donde se juega virtualmente. Se pierde la experiencia lúdica, que es la que me confirma las tensiones, las distensiones, la posibilidad de probar, de crear. Si estoy sentada frente a la pantalla el dispositivo lúdico me dice lo que tengo que hacer. Por lo tanto voy por un itinerario ya marcado. Estoy en constante actitud pero no logra desplegarse en acciones, en habilidades, en gestos inclusive. Estoy todo el tiempo en tensión frente a la pantalla”.

¿Hay un uso diferente entre nenas y varones en relación con los juegos de pantalla?

–Sí, los varones usan mucho más estos juegos. Hay una tendencia a habilitar estos espacios de tecnología más a los varones, esto también es histórico, no sólo en relación con los juegos. Eso trae a veces un empobrecimiento del campo de la gestualidad expresiva, o voces descorporizadas también, que se corporizan con la televisión, hay como un lenguaje y una voz neutra, una prosodia muy particular, como de dibujito animado. Eso quiere decir que hay rasgos de la subjetividad que se perdieron porque yo construyo mi cuerpo en la relación con los otros, primero los otros familiares, los cuerpos del entorno. Eso da una identidad familiar, cultural, pero si yo lo tomo de la televisión es porque no hubo otro cuerpo cercano que me pudo contener.

¿Qué se les habilita a las nenas en estos juegos?

–Las relaciones interpersonales, conversar, intercambiar. Los varones fuertemente juegan contenidos ligados con la confrontación, la persecución, juegos con alto contenido de violencia. En cambio, la oferta de los juegos de red para las niñas es diferente: todo lo que tiene que ver con la estética física, como peinar, maquillar, vestir a la muñequita, o prácticas de maternaje, como salir a pasear a la mascota, hacer las compras en el supermercado, etc. No salen juegos de niñas de confrontación, ni de pelea; eso está para el mundo masculino. Y está tan naturalizado que casi nadie se pregunta sobre eso. Está como transparentado, tal como sucede con las relaciones de poder. La pasividad por un lado y la dominación por el otro. Ahí mismo se están instalando relaciones de poder.
Para poder jugar hay que disponer de un tiempo, de un espacio y hay que poder entrar en sintonía. Pero no todo es tan ingenuo en el mundo de los juegos. Hay situaciones que merecen intervenciones de los adultos, para acompañar, para hacer preguntas, para problematizar desde un lugar diferente, porque de lo que se trata es de construir realidades más equitativas. “Las verdaderas amenazas del jugar, aquellas que no dejan crear ficción y nuevas posibilidades, pueden encontrarse en el prejuicio que fija el jugar de las niñas a un determinado modo de ser y de hacer: tranquilo, sedentario, restrictivo, no agresivo, buscando siempre y de todas formas pasivizarlo. En la medida en que haya más equidad en torno de lo femenino va a haber más libertad para los varones”, subraya Lesbegueris. Es interesante pensar el juego como dispositivo que produce cuerpos que se sujetan o se sueltan a determinadas pasiones. “El jugar no es neutral o ingenuo en lo que respecta a las relaciones de poder que allí se ponen de manifiesto”, remarca la autora. “No necesitamos llegar a la vida adulta para darnos cuenta de esta distribución desigual de jerarquías y para detectar una matriz asimétrica a partir de la distribución desigual de funciones, de tareas y de lugares en función del género. Eso se ve también en los juegos donde estas desigualdades se encuentran fuertemente arraigadas. La violencia simbólica se impone como legítima y de manera arbitraria dispone ciertos hábitos que marcan tendencias en la forma de sentir, percibir, pensar y actuar.”

¿Qué hábitos por ejemplo?

–Gestos como cruzarse de brazos o de piernas, bajar la mirada y sonreír prudentemente, dar pasos cortos, menear la cadera, pestañear seguido, gesticular con las manos, acariciar, etc., distinguen un particular modo de funcionamiento del cuerpo femenino, al tiempo que constituyen significantes con valor simbólico que connotan cierre, dependencia, seducción, sumisión, gracia, contención, afectividad.
¿Y en relación al juego y los juguetes de las niñas?
–Si pensamos, por ejemplo, en el objeto muñeca, vemos que no está hecha para ser arrojada como una pelota –aun cuando se la pueda lanzar–, ni tampoco sirve para luchar –si bien se le puede pegar, o se puede pegar con ella–. Con la muñeca se realizan básicamente actos que incluyen diversas acciones y labores manuales, que alientan acciones e interacciones afectivas vinculadas al maternaje y la domesticidad. Se juega a las muñecas con el cuerpo relativamente estático, quietitas y ocupando poco espacio.
Ideología barbie

¿Cómo analizás la cosificación del cuerpo de las niñas?

–Esta tendencia de des-corporización y fragilización de la que hablábamos antes se refleja también a partir de la cosificación temprana de sus cuerpos mediante la “ideología barbie”. Esa ideología nutre los ideales de representación de sus corporeidades, el festejo de cumpleaños en “spa” donde se promueve el jugar a ser modelos exhibiendo sus cuerpos, o el incremento de fotos y videos con poses sexualizadas de niñas que se suben al ciberespacio, son una de las tantas formas aggiornadas de seguir mostrando el cuerpo como un objeto, sometiendo a las niñas a la dependencia de la mirada de los otros.
La segmentación por género está signada por fuertes estrategias de marketing y del mercado de juguete. Lesbegueris se extiende sobre esto y dice: “La ideología barbie es fuertísima. Por más que intenten ponerte la barbie morocha o la que está en silla de ruedas, siempre la tendencia son las barbies rubias, extremadamente delgadas –que si una las lleva a escala se ve que es una desfiguración del cuerpo de la mujer– que alimenta el imaginario de un cuerpo inalcanzable, porque para poder alcanzarlo lo tengo que enfermar. La ideología barbie inserta a la mujer en el monopolio de la belleza. Propone un ideal de delgadez que es deformante”.

¿Qué nuevos conflictos se dan hoy por hoy?

–Como te contaba, en el contexto de la mundialización de la cultura hay una fuerte tendencia a la descorporización de los juegos. Esto se observa en la disminución de los espacios y tiempos de juego espontáneo, el pasaje a grupos institucionalizados y la pérdida de grupos que se conformaban en los barrios con niños y niñas de diferentes edades. Otro conflicto actual se da en torno de la banalización de los juguetes. La superabundancia de objetos que el mercado ofrece, con características cada vez más sofisticadas, deja cada vez menos espacio para la invención lúdico-creativa. Por eso es posible ver cuartos de niños y niñas colmados de juguetes, y niñas que para jugar eligen simples cajas, telas viejas o las cacerolas de la cocina.

¿Por qué?

–Cuanto más sofisticado es el juguete o el objeto, menos posibilidades de accionar sobre él, y más real es la realidad, en cambio con un objeto informe tengo muchas más posibilidades de crear, de jugar con mi imaginación, de transformar eso acorde con mis deseos y mis intenciones. Lo otro ya está dado por la intención del otro, de empresas que encuentran en el mundo infantil un lugar interesante de ventas. Es totalmente diferente de lo que sucede con una tela, que puede ser tanto una capa como el techo de una casa.

¿Cómo actúa en la función de transmisión jugar a la mamá, ponerse sus zapatos, usar las carteras, chalinas, anteojos, etc.?

–Las identificaciones tienen efecto político. Los procesos de imitación –hacer como– e identificación –ser como otras/otros– constituyen los pilares desde donde las niñas podrán contemplar, hacer, verse y proyectarse. Adornarse como mamá, disfrazarse como las princesas, usar tal o cual look como el personaje de moda, proveen a las niñas diversas imágenes identificatorias para sus cuerpos. Pensemos que el cuerpo vestido es el cuerpo dado a ver. Los modelos de referencias identificatorias femeninas actuales, aun con cicatrices de subordinación, presentan a las niñas nuevos modos de poner el cuerpo en la escena doméstica, política y académica. No sólo la feminidad se encarna frente al espejo. La capacidad de lucha, de trabajo, de resistencia, unida a la sensibilidad reflexiva de muchas mujeres, transforma las figuraciones corporales femeninas, y abre nuevas posibilidades y nuevas escrituras sobre los cuerpos de las niñas y de los niños.


Desprotecciones

La lógica androcéntrica está fuertemente arraigada en los juegos y activa mecanismos de producción y reproducción de poder. Se necesita de miradas que desnaturalicen las relaciones de poder en los juegos para poder poner preguntas. “Más que establecer certezas o categorías que dividan los juegos en femeninos o masculinos, es necesaria una mirada sensible y crítica que pueda sostener sus enigmas”, propone Lesbegueris. “No nos apresuremos a clasificar sus juegos. No nos aventuremos a leer sus acciones y sus actos desde los sentidos bicategoriales sostenidos desde la normatividad heterosexual y patriarcal”, concluye. Para cerrar la charla, un subrayado puntual da cuenta de “aquello con lo que no se juega”, tal como lo llama la autora en su libro. Las niñas en situación de vulnerabilidad quedan fuera de la infancia –por consiguiente del juego y del jugar– y expuestas a experiencias de violencia y maltrato. Desde esa mirada, dice: “Las inequidades educativas en función de la clase y el género, la falta de vacantes en la educación temprana y lo que esto acarrea para sus madres, las difíciles trayectorias educativas de muchas jóvenes, la feminización de las migraciones y las infancias migrantes, los desamparos y desprotecciones del Estado sobre las niñas, jóvenes y mujeres, las infancias encarceladas y sin juegos, la maternidad adolescente, no son producto del azar sino de una estrategia de dominación social sostenida en el tiempo. Es necesario visibilizar aquello con lo que no se juega”.

Entrevista a Mara Lesbegueris